La presión estética tambié se mete en la cama
Hace unas semanas hice una colaboración con Vive La Vita y me hicieron una entrevista muy potente. De ahí viene la necesidad de esta reflexión. Porque hay temas que son muy importantes y nos hacen mucho daño y debemos verbalizarlo.
Hay algo de lo que hablamos poco cuando hablamos de sexualidad: qué relación tenemos con nuestro propio cuerpo mientras estamos teniendo sexo.
Porque podemos saber muchísimo sobre sexualidad, podemos hablar de deseo, de orgasmos, de prácticas, de comunicación, de placer… pero si cuando nos quitamos la ropa estamos más pendientes de cómo se ve nuestro cuerpo que de lo que estamos sintiendo, tenemos un problema.
¿Estoy en una postura en la que se me ve la barriga?
¿Esta luz me favorece?
¿Se me caerá el pecho?
¿Se estará fijando en la celulitis?
¿Le pareceré atractiva?
Y mientras nuestra cabeza está ocupada contestando todas estas preguntas, nuestro cuerpo está intentando disfrutar.
Difícil combinación.
La presión estética no es superficial
A veces hablamos de la presión estética como si fuera una cuestión de vanidad: querer estar más delgada, depilarse, maquillarse, hacerse determinados tratamientos…
Pero la violencia estética va mucho más allá.
Es un conjunto de mandatos que nos dice cómo debería ser nuestro cuerpo, qué deberíamos modificar de él y cuánto esfuerzo deberíamos invertir para acercarnos a un ideal de belleza que, además, es prácticamente imposible de alcanzar.
Y funciona como un iceberg.
Hay una parte visible: las burlas hacia determinados cuerpos, la discriminación, determinadas prácticas peligrosas para adelgazar, las agresiones…
Pero debajo hay una parte muchísimo más grande y menos evidente: todos esos mensajes que vamos interiorizando desde pequeñas.
Que tenemos que estar delgadas.
Que tenemos que parecer jóvenes.
Que hay partes de nuestro cuerpo que tenemos que esconder.
Que debemos mantener el cuerpo después de un embarazo como si nada hubiera ocurrido.
Que las arrugas son un problema.
Que la celulitis hay que combatirla.
Que nuestro cuerpo tiene que ser deseable.
Y, sobre todo, que ser deseables debería importarnos muchísimo.
El problema es que ese ideal no es neutro. Durante mucho tiempo ha colocado en el centro un cuerpo muy concreto: blanco, joven, delgado, cis, heterosexual y ajustado a unos determinados parámetros de belleza.
Todo lo que se aleja de ese modelo queda situado en distintos grados de déficit.
Y eso tiene consecuencias.
Cuando llevamos la mirada del otro a la cama
Una de las cosas que más me interesa de la relación entre presión estética y sexualidad es precisamente esta: no dejamos la mirada sobre nuestro cuerpo en el baño cuando entramos en la habitación.
Nos la llevamos con nosotras.
Si hemos aprendido a observar nuestro cuerpo desde fuera, como si fuéramos una imagen que alguien tiene que valorar, es muy fácil que durante un encuentro sexual volvamos a hacerlo.
En lugar de estar pensando:
¿Qué estoy sintiendo?
podemos encontrarnos pensando:
¿Cómo me estoy viendo?
Y parece una diferencia pequeña, pero no lo es.
Porque el placer necesita atención. Necesita presencia. Necesita cierta capacidad para dejarnos llevar por las sensaciones, por la excitación, por el contacto, por la fantasía, por lo que está ocurriendo en ese momento.
Si una parte importante de nuestra atención está dedicada a vigilar nuestro cuerpo, queda menos espacio para el placer.
Podemos disfrutar, por supuesto.
Pero quizá estamos disfrutando desde una parcela mucho más pequeña de la que podríamos.
Nos han enseñado a ser deseables
Aquí aparece una cuestión profundamente feminista.
A los hombres se les ha educado históricamente para ocupar una posición más cercana a la de sujeto del deseo.
A las mujeres, en cambio, se nos ha enseñado muchas veces a preocuparnos por ser objeto de deseo.
No solamente queremos disfrutar.
También queremos resultar deseables mientras disfrutamos.
Y esto introduce una contradicción enorme.
Porque podemos estar teniendo sexo y, al mismo tiempo, estar evaluando cómo nos ve la otra persona.
Podemos estar excitándonos y estar pensando si nuestra barriga queda bien.
Podemos estar desnudas y sentir que tenemos que posar.
Podemos estar recibiendo placer y, a la vez, estar preocupadas por nuestra imagen.
Como si incluso durante el sexo tuviéramos que seguir trabajando.
El cuerpo femenino como proyecto interminable
Y aquí creo que tenemos que hablar también de dinero y de capitalismo.
Porque mantenernos preocupadas por nuestro aspecto no sale gratis.
Depilación, peluquería, cosmética, tratamientos, dietas, gimnasios, cirugía estética, ropa, maquillaje, procedimientos médicos y estéticos…
Una parte enorme de nuestro tiempo, nuestra energía y nuestro dinero puede acabar dedicada a intentar que nuestro cuerpo se parezca un poco más a aquello que se supone que debería ser.
Y hay algo especialmente perverso en todo esto: un cuerpo femenino nunca parece estar suficientemente terminado.
Siempre hay algo que mejorar.
El pecho.
La barriga.
El culo.
La piel.
El pelo.
Las arrugas.
La celulitis.
El peso.
La forma del cuerpo.
Y cuando conseguimos resolver una cosa, aparece otra.
Ahora, además, tenemos que añadir los filtros, los retoques digitales y unas imágenes generadas o modificadas mediante inteligencia artificial que hacen que determinados cuerpos sean todavía más difíciles de alcanzar.
¿Y qué ocurre cuando nuestro cuerpo real se compara constantemente con cuerpos irreales?
Que el cuerpo real siempre pierde.
Y cuando el cuerpo envejece…
Esta presión se vuelve especialmente evidente con el paso del tiempo.
Porque vivimos en una cultura que ha asociado durante mucho tiempo la sexualidad femenina a la juventud.
Como si una mujer pudiera ser sexualmente deseable hasta determinada edad y después tuviera que desaparecer de ese relato.
Las estrías, la celulitis, las arrugas, los cambios hormonales, la pérdida o transformación de determinadas formas corporales…
Todo lo que forma parte de la vida acaba presentado como algo que tenemos que corregir.
Y esto también afecta a nuestra sexualidad.
Porque si aprendemos que un cuerpo que envejece pierde valor erótico, podemos terminar sintiendo que nosotras también lo perdemos.
Y no.
Nuestro cuerpo no pierde el derecho al placer porque envejezca.
Ni porque engorde.
Ni porque tenga celulitis.
Ni porque tenga estrías.
Ni porque haya pasado por un embarazo.
Ni porque no se parezca al cuerpo que aparece en Instagram.
No se trata de aprender a amar nuestro cuerpo todos los días
Aquí quiero hacer una pequeña puntualización porque creo que también podemos convertir el discurso sobre la aceptación corporal en una nueva exigencia.
No necesitamos levantarnos cada mañana y pensar que nuestro cuerpo es maravilloso.
No necesitamos amar todas y cada una de sus partes.
Y tampoco necesitamos sentirnos preciosas para poder tener sexo.
No hace falta pasar de odiar nuestro cuerpo a adorarlo.
Podemos empezar por algo bastante más sencillo: dejar de convertirlo constantemente en un proyecto que hay que corregir.
Podemos intentar relacionarnos con él desde otro lugar.
Preguntarnos qué nos permite hacer.
Qué sensaciones nos proporciona.
Qué nos gusta.
Qué necesitamos.
Cómo cambia.
Cómo envejece.
Cómo se transforma.
Y, sobre todo, empezar a recuperar una idea que me parece fundamental:
mi cuerpo no está aquí para ser evaluado.
Está aquí para ser vivido.
Cuidarnos no es castigarnos
Esto también cambia la manera en que entendemos el autocuidado.
Cuidar nuestro cuerpo no debería significar castigarlo hasta que se ajuste a una determinada talla.
Podemos alimentarnos de una manera que cuide nuestra salud.
Podemos movernos porque nos hace sentir bien.
Podemos descansar.
Podemos acudir a profesionales de la salud cuando lo necesitamos.
Podemos utilizar cosmética si nos gusta.
Podemos depilarnos si queremos.
Podemos maquillarnos.
Podemos incluso someternos a determinados tratamientos estéticos si son decisiones que tomamos libremente.
El problema no es hacer estas cosas.
El problema aparece cuando sentimos que tenemos que hacerlas para merecer ser deseadas, para poder mostrarnos, para poder tener sexo o para sentir que nuestro cuerpo es suficientemente válido.
La pregunta, por tanto, no es solamente qué hacemos con nuestro cuerpo.
También es:
¿Desde dónde lo hacemos?
Pensamiento crítico para recuperar el placer
Por eso creo que necesitamos hablar mucho más de pensamiento crítico cuando hablamos de sexualidad.
No solamente enseñar qué es el consentimiento, cómo funciona la respuesta sexual o qué prácticas existen.
También necesitamos aprender a preguntarnos de dónde vienen nuestras expectativas.
¿Quién me ha enseñado que este cuerpo es deseable?
¿Quién me ha dicho que mi cuerpo debería tener esta forma?
¿Por qué siento que tengo que esconder esta parte?
¿Por qué me preocupa tanto cómo me ve la otra persona?
¿Estoy disfrutando o estoy intentando hacerlo bien?
¿Estoy pendiente de mis sensaciones o de mi imagen?
Y quizá una de las preguntas más importantes:
¿Cuánto placer estoy perdiendo intentando parecer deseable mientras tengo sexo?
Porque quizá una parte de la revolución sexual que necesitamos hacer pasa precisamente por aquí.
Por dejar de intentar ser un cuerpo perfecto para empezar a habitar nuestro cuerpo.
Por dejar de mirarnos desde fuera.
Por dejar de pedirle al cuerpo que sea una fotografía.
Y por permitirnos, poco a poco, volver a sentir.
Porque el cuerpo no es una lista de defectos que tenemos que corregir.
Es el lugar desde el que vivimos, sentimos y disfrutamos.